Mostrando entradas con la etiqueta Monólogos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Monólogos. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de enero de 2011

Eterna caminata

Como dijo San Agustín de Hipona cuando se le preguntó qué era el tiempo, “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé. ". Hubo, hace no tanto tiempo, una ocasión en el que el tiempo real se dispersó con el tiempo mental. Prefiero ser breve y conciso, y fundamentalmente claro, pero tomándome mi tiempo.

Recuérdome de pie, esperándola. Pocas veces había puesto tanto empeño en arreglarme que hasta mis medias combinaban con mi remera. El sol abrumaba mi frente y se convertía en un letal enemigo de la prolijidad. Estaba nervioso, muy nervioso. Oscilaba entre el peso de una pierna y otra, sin encontrar el equilibrio, mirando a los autos que pasaban. En frente, aquella casa rosada tan característica parecía ensancharse y bruscamente encogerse. En una rauda vista a mi izquierda, la vi venir. Ahora sí, voy a comenzar a ser minucioso en la descripción.

Se suponía estaba a pocos metros míos, pero su caminata fue apreciada como si se aproximara de hectómetros atrás. Portaba una dulce e impoluta imagen que con mucha sencillez frotó mi pecho. Sus sandalias color alba eran de perfecto encaje con su pantalón, y su blusa se enlazaba con el tinte anaranjado de sus mejillas. No caminaba, sino que se deslizaba en un pavimento dorado de forma sosegada. El viento la rodeaba y jugaba con sus cabellos volátiles que, por cierto, nunca perdían su delicadeza. Sus ojos se entrecerraban con el amanecer de una tenue sonrisa (de encanto, por supuesto, pero que desprendía cántaros de introversión) que irradiaba estrellas mar y dulce. Una mirada ansiosa me bamboleó, en especial en el sugestivo vaivén de sus pestañas danzantes. Me quedé días abrazándola con la mirada, aunque creo fueron meses eternos. Todo ese tiempo estuve de pie, pero cansancio nunca sentí. Sólo me reconfortaba el verla aproximarse, acercarse pero nunca arribar, de forma lenta. Todo ese tiempo, que se colapsó luego de un “Hola” que ella emitió.

Si me preguntan qué sucedió, les puedo decir que el tiempo se licuefizo en mis propias manos, y no pude ser capaz de verlo. Tuve oro y opté por rocas volcánicas, que siguen ardiendo hasta hoy. Me lamento no conocer el porvenir, ni poder asegurarlo o devenirlo. Pero considero que siempre estarán las mismas arenas, esperando a ser transitadas por una nueva pisada y deseosas de yacer en la espuma.
Monsieur Magnifique

lunes, 20 de septiembre de 2010

Monólogo. Caín y Abel.


Breve y espontáneo monólogo interior.

Se abre el telón. Al foro un manto oscuro. Luces tenues. Entra Freduardo, un anciano con varias anécdotas encima. Se para en el medio del proscenio. Está solo.

Freduardo: - Mi nombre es Freduardo. Un tanto extravagante, pero con mucho que contar. Mi historia es un tanto particular. Siempre fui un tipo bastante solitario y descreído. Único hombre en la familia, nunca pude entablar pláticas demasiado variadas, verán. Pero nunca habría creído que aparecería aquella persona que cambiaría mi existencia. ¿Una mujer? No. Un hombre. Esperen, no piensen cualquier cosa. Era tan similar a mí, y tan diferente a la vez. Veía tanto de mí en él. Fuimos prontos amigos, de a poco. Recuerdo haber reído hasta lagrimear más de una vez. Épocas doradas. Nos dimos cuenta mutuamente de que por algún error del cosmos, no compartíamos lazos sanguíneos. No obstante, nuestras almas provenían del mismo lado. Sí, aunque no lo crean. Días, tardes y noches. Palabras y charlas. Incluso sabía mis secretos más más hondos, de esos que se ocultan bajo caja fuerte. Al fin podía decir con honor: “mi amigo”. Sí. ¿Usted tiene alguno? Bueno, yo hasta ese momento nunca había tenido, vio. Mi amigo. Mi hermano. Pero… (sucumbe en asombro) ¿quién entendería lo que luego sucedió? Yo no. Algo extraño irrumpió, alguna fuerza invisible que cambió la dirección de los vientos. ¿Hola? ¿Estás? ¿Hola? ¿Hola? ¿Alguien sabe qué pasó? Bueno, calma. Seguro es una cuestión de días. (Silencio) Esos días se han convertido en meses ya. Y yo sigo esperando un motivo por tal deterioro. Bueno señores, señoras; así fue como todo terminó. Quizás no se entienda este final, pero quédense tranquilos que yo menos. Así es la vida. Ahora no soy más que una sombra, o un poco de tierra del suelo polvoriento por la que vale la pena pasar por encima. Ingratitud. Obviamente. Intenté ser fuerte, pero uno se marchita. Se pierde el reflejo, la otra parte de yo. Se derrite hasta ser volátil. ¿Y cuando te ayudé? ¿Y cuando estuve presente? ¿Y cuando soporté atrocidades salvajes y las pasé por alto? Perdido. Te desconozco. ¿Qué te hicieron? ¿Qué te hiciste? A los oyentes confieso mi inferencia. Ahora puedo darme cuenta de lo poco que te importaba el bien de tu hermano.

Telón.


Related Posts with Thumbnails