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domingo, 6 de febrero de 2011

Cartas de Rosa y Manuel (VII)

Buenos Aires, 9 de octubre de 1999

Querido Manuel:
Hoy quiero expresarte mis palabras, pero no soy yo quien está escribiendo. Mari, mi encantadora enfermera, me está ayudando. Sí, enfermera. Hace unos días he sido internada porque tuve una descompensación en casa, pero dicen que no es nada. Estoy acá en el Hospital de Clínicas, pronto me darán el alta, pero me siento muy debilitada como para poder tomar la pluma.
Acá todos se portan de maravillan y me cortejan como a una reina. Extraño mi hogar, mis paredes, mis ventanas, la vista al limonero del jardín y, principalmente, te extraño a vos, adoradísimo Manuel. El estar aquí postrada me hace tener tiempo sobrante para meditar, pero tu bienestar es una constante en mi pensamiento. La televisión tiene pocos canales, y no pasan muchas noticias sobre África. Todo aquí es frívolo y me siento sola; bueno, en realidad es un hospital, así son.
Afortunadamente, Julián permanentemente viene a visitarme. Su esposa no tanto, pero eso no me importa a esta altura de mi vida. Me acompaña muchas horas, exceptuando las que trabaja. Creo que ha recapacitado acerca de sus padres. Seguro que cuando vuelvas, viejo, va a venir a casa los domingos a comer. Está tan grande. Incluso se dejó la barba, ese estilo que está de moda (le dije que no me gustaba cómo le quedaba, pero ¿creés que me va a hacer caso?). El otro día me estaba hablando algo acerca de su empresa, no recuerdo específicamente, y yo observaba con aciago su rostro, trasladándome a treinta años atrás, cuando nos divertíamos con las imitaciones que hacía de los personajes del teatro. Era tan chiquito, y ahora el tiempo como un soplo le dio arrugas. No me quiero imaginar lo que habrá hecho conmigo.
La Juanita y la Julia también vinieron, me trajeron montones de cosas ricas para comer pero acá no me dejan. Sí, yo no la dejo (Mari). Así que estoy resistiendo las tentaciones.
Es hora de un medicamento, y voy a abandonar la carta porque la joven en lugar de mejorarme preferirá envenenarme. Te envío mis cariños a través de estas palabras, y mi mejor augurio para el forzoso trabajo que estás realizando. Cada reflexión me recuerda lo orgullosa que estoy de mi marido, y cómo se acrecienta el dolor que siento al pensar en lo mucho que te extraño.

Tuya siempre
Rosa

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Monsieur Magnifique

sábado, 6 de noviembre de 2010

Cartas de Rosa y Manuel (VI)

Nairobi, 22 de Septiembre de 1999

Querida Rosa

Me alegra recibir noticias tuyas, y también me desencantan varias de las mismas. Mi hermosa mujer fornida, no debes decaer; sólo pensá en lo pronto que voy a estar allí. Juntos, para que me prepares lentejas y locro como el que vos sola sabés hacer.

Fue el día de ayer en el que algo sucedió en plena expedición. No suelo entrometerme en la tarea de los obreros, pero no toleraba más la ineficiencia de estos jovenzuelos. Creen que al venir a otro continente su vida ya está realizada, y no es así. Noto que sus padres no les inculcaron el amor al laburar y al romperse el lomo trabajando. Ese imperfecto hizo que fabricaran un hoyo en el sustrato tan inestable que hizo que me cayera. En parte fue mi culpa, ya que no aprendo que yo soy el que doy las órdenes y no el que las ejecuta. Forcé mis viejos brazos para sostenerme de las paredes, pero fue imposible. El leve aro iluminado de la superficie se cubrió por una parduzca oscuridad de lodo, y no figuré la realidad hasta que me encontraba en una clínica hospitalaria.

No pasó nada Rosa, no te asustés. Sólo unos raspones y algunos huesos rotos. Tengo varios yesos. Me enerva el no poder colaborar por unos días en la investigación, mí investigación. La operacionalización se atrasa, el material se disipa y los datos se volatilizan. El poco pelo que tengo se me está cayendo del nerviosismo. Te pido mil disculpas, tesoro, pero mi retorno se atrasará unos pocos días más. Pucha que lo tiró. Igualmente, ¡qué a vos ni se te mueva una hebra! Todo está en absoluto control, y es sólo un atraso de unos pocos días. Tengo la suerte de estar acompañado por personas altamente calificadas (creo, eso es lo que muestran sus títulos) para desempeñar este trabajo paralelamente al cuidado intensivo de mi bienestar.

Espero que tomes tu tiempo para descansar y mejorarte. No te descuides con los medicamentos, acordate como siempre digo “Remedio equivocado, problema provocado”. El cuerpo humano es un sistema perfecto, pero que puede fácilmente convertirse en el enemigo de uno mismo y de los seres queridos de uno. Pronto, pronto, querida, voy a estar allí. Mi memoria retrae tu perfume cada noche al irme a dormir, y me invita a un sueño profundo donde la principal actriz sos vos. Por eso no te siento tan lejos. Escribime pronto.

Tuyo siempre

Manuel



miércoles, 11 de agosto de 2010

Cartas de Rosa y Manuel (V)

Antes de escribir esta carta, agradezco a todos aquellos que siguieron desde el comienzo la quizá clichada pero preciosa historia de estas dos personas. A los que no, los invito a conocerlos con mayor profundidad en una breve lectura. Gracias.

Buenos Aires, 30 de agosto de 1999

Querido Manuel:
Me duele tomar la pluma para comenzar a escribir. Me duele el alma tanto como la espalda y los huesos. Aquella atlética donna que se sumergía en el Mar del Plata quedó en un pasado lejano. Hoy, no soy más que un postrado costal. Sí.
Tiempo después de responder tu carta, mis dolores se expandieron y aumentaron. Era difícil para mí levantarme de la cama, Manuel. Sentía dolor en los estos brazos que han cargado tanto a Julián y se estremecían estas piernas que tanto cambalache han bailado. Me veía al espejo y me decía a mi misma: “Ay, mi rostro. San Expedito, ayudame”.
Me costó eh, pero al final fui a lo de la doctora Travishky. Me animé a ir sola. Va, intenté. No pude hacer ni dos cuadras hasta llegar a la parada del 298 que terminé desplomada en el suelo. Por suerte, don Arturo fue muy gentil en ayudarme a levantar y en alcanzarme a lo de la médica. Le tengo que preparar una cacerola de mondongo al buen hombre, siempre tan dedicado.
Volviendo a lo que decía, no puedo evitar escribir con dificultad, pero escribir con detalles, Manuel. Tuve una larga charla con la doctora (blonda de tacones altos, un tanto excedida en rubor) que fueron seguidas por varios estudios que duraron varios días. ¡Qué pesado! Sangre, orina, y otras cosas de las cuales no entiendo.
Fue difícil comprar los remedios fundamentales. Son varios, Manuel. ¿Te preguntás qué es lo que tengo? Bueno, no entendí lo que me quiso decir la mujer. Desearía que alguien con un oído más generoso y un cerebro más audaz haya estado conmigo. Lo que sí comprendí fue que los años me han corroído.
Hay un arco iris de pastillitas en tabletas sobre el mueble del living. Tengo todo bien anotado en un papel en la pared al lado del teléfono. Me cuesta recordar las cosas, ya no estoy como antes, eh. Los lunes a la mañana la roja, a la tarde la azul, a la noche antes de acostarme la verde y media roja, cada quince días esto, cada mes lo otro, ir al médico tal día, y bla bla bla.
Exhausta. Así es cómo estoy. Cansada de preocuparme por mí y, principalmente, por el otro. Siento que es hora de tornar el reloj de arena que tanto me apresura, Manuel, pero no lo haré sin que vos estés conmigo para ayudarme. Te esperaré. Haré mondongo o guiso para tu pronta llegada, para celebrar la victoria con champagne y antibioticos.
Estoy bien, si vos lo estás.

Tuya siempre
Rosa


sábado, 22 de mayo de 2010

Cartas de Rosa y Manuel (IV)

Nairobi, 27 de Julio de 1999
Querida Rosa:

Hola, amor de mis días. Me apena saber que estás media pachucha; debajo de la repisa del living dejé mi agenda. Podés fijarte ahí los números de la Dra. Pichón Travishky, que te van a poder ayudar. No salgas de la cama, decile a la Juana que te vaya a hacer los mandados, si es necesario, pero vos no te muevas.
Acá las cosas están difíciles. Son días muy pesados de ardua investigación y sin obtener resultados. Mis huesos ya no funcionan como antes, y mucho menos mi cerebro. Si bien el equipo está altamente calificado, no puedo estar seguro sin supervisarlos ¡ay de mí!
Los elementos de laboratorio que disponen aquí no son de lo mejor, por ende tengo que utilizar un doble de esfuerzo. Muchos asuntos que pueden ser tratados de forma tecnológica deben ser hechos a sudor. De todas formas valoro el trabajo de mis colegas, pobres chicos.
Lamentablemente, tanto yo como los jóvenes estamos teniendo mucha presión sobre nuestros hombros. Hace unos días se nos envió un telegrama de la Secretaría de Ciencia y Tecnología de Kenya, epistolarmente amenazante. Nos advirtieron que si no realizábamos hallazgo alguno en un plazo de no se cuántos días (estoy viejo, vieja), deberíamos empacar y regresar. Si bien me desgasto cada día al no estar con vos, tengo un fuerte presentimiento de que estamos cerca de encontrar algo. No sé qué, pero algo importante. Mis ficheros diarios lo muestran, pero son sólo vagos axiomas. No pienso bajar los brazos. No ejercí mi profesión tantos años para rendirme.
Querida, es un gusto enorme escribirte. Cada trazo en esta carta es una expresión de mis sentimientos más profundos, de mis pensamientos que sólo vos conocés. Quiero que te cuides, y que llames a la doctora en cualquier circunstancia.
Sigo con los labores. Espero tu respuesta, rubí dorado.

Tuyo siempre
Manuel

PD: En cuanto a Julián y su mujer, yo sé que pronto las cosas cambiarán. También lo presiento. Espero que confíes en mí, tanto como yo en vos.




miércoles, 14 de abril de 2010

Cartas de Rosa y Manuel (III)

Buenos Aires, 30 de Junio de 1999
Querido Manuel:
Disculpame si hace tiempo no escribo. He estado un tanto dispersa. Las cosas aquí no han estado del todo bien. Los glaciales vientos sudamericanos me han puesto la piel de gallina, internándome varias semanas en cama. Fueron aburridas tardes de Mirtha y Susana, quienes me ayudaban a hacerlo más llevadero. Por suerte, ya me siento mucho mejor. No era más que un dolor en el estómago y algo de mareos.
La edad no nos pega como antes, viejo. Suerte que mi marido es fuerte y tenaz, y aún tiene las fuerzas necesarias para aventurarse a lo desconocido. ¡Qué orgullo, mi amor! Sigo despertando con el añoro de tu regreso junto a una satisfacción increíble.
Julián estuvo muy presente durante mis días de enfermedad. Vino a visitarme, él y tu nuera. Supongo que habrán venido unas cuatro veces en tantas semanas. Lo valoro muchísimo, es un logro para él. No quiero amargarte con mis pesares bonaerenses, así que pregunto por vos, viejito...
¿La tropa te sigue? Sé que sí, sos muy compañero pero cuando querés te ponés en autoritario. ¡Qué risa! Sé que te debe estar yendo de maravillas, mas me gustaría leerlo de vos. No tengo mucha noción de cómo será el clima allá en África, pero confío en que te cuidarás. Sólo sé que la gente es negra y pobre, pero por suerte no se mueren de hambre por haber perdido el trabajo (acá sigue todo igual, Manuel).


Espero recibir una pronta respuesta tuya. Te extraño, y soy muy feliz sabiendo que estás bien. Manuel, sos mi única dicha hoy en día, ya que lo he perdido todo.

Tuya siempre.
Rosa





miércoles, 10 de febrero de 2010

Cartas de Rosa y Manuel (II)

Nairobi, 30 de mayo de 1999

Querida Rosa:
Es grato escuchar de vos y de cómo van las cosas por casa luego de tanto investigar y cavar aquí. Los días son tórridos y asfixiantes y las noches, en cambio, gélidas y frías. Por ello, muchos de los miembros de la expedición han caído en gripes y resfríos. Yo aún sigo en pie. Viejo y fuerte ¿no?
La dicha de haber sido nombrado Jefe no me quita el sentirme lejos. Te extraño. Te extraño como a la vida misma. Tus comidas, tus saludos, tus gestos y tus vestidos. Extraño el despertar cada mañana a tu lado, acariciar suavemente tus camisas de seda y despedirte al ir a trabajar. Cuando menos lo imagines estaré de regreso, aplaudiendo en la puerta de casa con los ojos humectados para que me abras la puerta y me recibas con un cálido abrazo.
Si necesitás plata, acordate del escondite de la casa. Allá, atrás de la maceta de la ventana del galpón. Creo que algo hay, si es que los chorros no se la llevaron aún. Igualmente, no lo creo... con esto del "pesodolar" deben estar por Europa los pícaros.
En cuanto a Julián, es triste. Sabemos que él es así, sin embargo. No hecho culpas a la educación que le brindamos, ya que fue la misma que nuestros padres nos dieron... y salimos derechitos ¿no? Él es nuestro hijo, y nunca dejará de serlo; al igual que nosotros somos sus padres. Deberíamos estar orgullosos de él, de las oportunidades que la vida le da y del éxito que está teniendo en su empresa.
Concluyo mi carta, mi amor. No faltará mucho para que recibas otra más. Deseo pronto poder encontrar algo luego de tanta búsqueda, y estar de regreso saboreando tus celestiales rabioles, como cada domingo. No dejaré de pensar en vos, rubí.


Tuyo siempre
Manuel

miércoles, 13 de enero de 2010

Cartas de Rosa y Manuel (I)

27 de Abril de 1999
Querido Manuel:
Te has marchado hace tan poco y, sin embargo, es un trecho tan extenso para mí. La casa es tan silenciosa sin tu presencia, tan grisácea. No me alcanzan las palabras para decirte cuánta falta me hacés en mis días. Hace pocas semanas que te aventuraste a lo desconocido, y ya es un trabajo arduo para mí pagar las deudas y las facturas.
Julián dice estar muy ocupado con asuntos de la empresa, por lo que ya no viene más a visitarme. ¡Esa maldita empresa! Y Sonia, su querida mujer, mucho menos viene a ver si estoy bien o si necesito algo. Ahora de vieja me doy cuenta de que siempre estuve en su entrecejo. Santo Dios, uno se esmera tanto en criar a sus hijos y, ya crecidos, se olvidan de este longevo cuerpecito. Noto por qué ellos nunca me han dado nietos. Apuesto a que esos bribones sí hubieran venido a visitarme.
De todas formas, nadie me quita la alegría que tengo por vos y el éxito que estás teniendo, mi amor. Jefe de la expedición... ¿quién lo creería algún día? Era esperable. Siempre leyendo, informándote e investigando. Siempre fuiste muy querido por todos, también (familiares, vecinos, amigos, etcétera). Antes de ayer, pasé por la puerta del hospital camino al almacén y una avalancha de personas me atropelló preguntándome cómo estabas y cómo te estaba yendo. Muchas enfermeras, por cierto.
Viste, Manuel, después de tantos años al fin tu sueño se está cumpliendo. Imaginate cuando vuelvas con la cura de esa horrenda enfermedad y recibas el premio Nóbel de Medicina. ¡Qué orgullo, San Pantaleón!
Tené cuidado con los fríos de las noches, a vos que te encanta andar con el torso a la intemperie. Es inútil de todas formas: ¿quién es el médico acá? Igualmente, no necesitás muchos títulos para saber que el cuidado de esposa es mucho más seguro que el de un doctor.
Creo que es mejor que vaya terminando esta carta. Mi vida no ha sido la misma estas semanas sin vos, querido Manuel. Espero tener prontas noticias de tus descubrimientos y tus proezas. Escribime pronto, por favor.
Tuya siempre
Rosa

por Monsieur Magnifique

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