domingo, 26 de febrero de 2012

Viaje de las dunas


Esto es un breve, brevísimo bosquejo de mi nuevo trabajo.

Despertó. Recorrió sigilosamente el lugar con un movimiento elíptico de la mirada. El suelo, abrumando en un pastizal seco, perdía su finitud hacia el horizonte y se fundía en la indeterminación de los muros. El firmamento se alborotaba de rojizas luces, más rutilantes que las estrellas. Parecía poder palparlo ella misma. Todo estaba oscuro; la sombra convertía el lugar en nada, le quitaba identidad y le imponía una nueva fisionomía. A lo lejos, y por el entrecierre de sus ojos, divisó una pequeña puerta de vértices curvilíneos. La dama había olvidado las nociones básicas de conocimiento, había desarticulado su lógica. Las pictóricas cortinas de su recámara habían perdido la calidez y la arroparon en… ¿un sueño? Una travesía sin idealización o una partida del campo de disturbio. En el fondo, aquellas arenas eran conocidas, en algún momento las había pisado. Eran zonas de tierras húmedas que el Sol nunca tocaba, y donde la sombra devoraba y gobernaba. La soberana había muerto, ya olfateaba su cadáver descomponiéndose.

En la puerta (sin saber si era una salida, una entrada o siquiera qué lugares conectaba), una criatura monstruosa aguardaba su llegada. Era un gigante que duplicaba su estatura, de espaldas anchas y tez cobriza. Tenía unas pantorrillas fibrosas que sostenían un tronco abominable, similar al de los esclavos de los días de Ra. Gruñía. La ambigua figura concluía con una hostil cabeza de chacal, con pelaje noche y colmillos de marfil, como los de las alimañas de los relatos del río. Pavorosa, la secuestrada intentó comunicarse, pero la bestia no era bestia sólo por su zoomorfismo, sino porque no dominaba su misma lengua. Le indicó con la mirada que lo siguiera, y así lo hizo ella, con cierto halo de confianza. Anduvieron por un sendero lineal de bordes anaranjados. El chacal a la cabecera, ella detrás, encogida de hombros, incomunicada. El diálogo era nulo pero comprensible. La soberana conocía a su guía. El temeroso Anubis marcaba su ruta, y ella predecía adónde llegaría.

Había arribado al santuario que la brisa arrastraba de lenguas a oídos. Anubis se detuvo y se reubicó al foro, estático. La prisionera inhalaba con vehemencia para clamar su inquietud. Delante de ella estaba la balanza. De izquierda a derecha, dos platillos claramente visibles, brillantes y de color de las arenas levitaban sostenidos por el mismo aire. Equidistaban y no existía un mínimo margen de oscilación. Reconoció que había llegado su momento de estar ahí, como narraba el Libro de la Salida al Día. Sin embargo, no recordaba cómo fue que había partido su tierra. Estaba en el Imperio del Duat, un sitio de condena y de evaluación, de juicios y penas, de sangre y gracia. Era su turno.

(Fragmento)



1 comentario:

Arruillo dijo...

Bienvenido de nuevo por este espacio. Y por lo que leo no ha habido descanso para la composición.
Saludos

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