sábado, 4 de septiembre de 2010

El corral

Continuaba la noche y las gotas del chubasco se mantenían atacando su rostro. Ella, apesadumbrada. Su madre la había obligado a dormir en el cercado. Otra vez, a la intemperie, como cada anochecer. Aquel aprisco era peor que cualquier tortura física. Laurín pasaba su sufrimiento en el corral, bajo el mandato de la mandamás. Joven, pura y ataviada; murió a la madrugada.

La señora Callín, su madre, no tardó en contraer compromiso con un galante caballero de la alta burguesía, Monsieur Usurpateur, un foráneo afrancesado merecedor de una dote descomunal que cualquier habitante del condado usaría para abandonar sus feudos. Se hospedaron en la casa de la señora, donde Laurín acostumbraba vivir durante el día. Una morada espeluznante y estremecedora, fabricada en piedras y maderas purulentas de tiempos arcaicos. Pasaron allí diez años desde aquella alba donde Laurín se despidió.

Le pareció una noche estrellada y silenciosa, pero no muy diferente a las demás, Callín se fue a acostar. En medio de las tinieblas y la transición a la vigila, escuchó el mugir de sus vacas en el jardín trasero. Tras tomar su calzado y acercarse a la tronera, observó el corral. Yaciendo en aquel fango pardusco y poco visible, una figura desparramada en el lodo, con los harapos sucios y pocos mechones en sus hebras. Las manos de la dama comenzaron a sudar tanto como su frente, sumergida en un sentimiento de desazón.

- ¿Será? No puede… Las vacas … las vacas…. – pensaba cautelosamente la señora Callín.

Escéptica, cerró el velo con firmeza. Regresó apresurada a su lecho, intranquila y apresurada, y con firmeza se aferró a su marido, cerrando las pestañas e implorando caer en sopor. Éste, más aterido que nunca antes. La mujer lo sacudía, despacio, despacio, fuerte, fuerte.

- ¿Querido podéis despertar un segundo? Os imploro.

Sorpresivo pero predecible para su imaginación. El hombre estaba despojado de sus ojos. Aquellos ojos que vieron infamias y avaricias, ahora se habían perdidos. Los cojines, fríos por la sangre. La mujer, exasperada. Por la habitación comenzó a correr. Dilatando sus recuerdos, más y más.

En aquella pavura, la consorte corrió a los peldaños y resbaló.

Las perforante lluvia pudieron hacerla volver en sí. Su rostro estaba gélido por el viento septentrional de aquella época de año. Sus manos captaban la humedad viscoza de la tierra que se estremecía en sus dedos. Levantó la mirada de forma súbita. Frente a ella, el rostro de su primogénita. Su fisonomía se estremeció a medida que ésta se adentraba en légamo acuoso.

- Habéis sido mi madre por arduas centurias. Me has criado, educado y facilitado la vida. La muerte tocó a mi puerta mientras yo cosechaba los campos en este bucólico jardín que habéis con tanto esfuerzo construido. De aquella tierra que me ha tragado, es de allí de donde a acompañarme vengo a pediros. -, replicó el espectro.

No tardó más de segundos para que el lodo húmedo rebalsara de los ojos de la señora, mientras de fondo se seguía oyendo el mugir de las vacas.








5 comentarios:

ALENKA dijo...

!!!!... me has dejado sin palabras
Narración atrapante y tenebrosa... Luego vuelvo, voy a recostarme junto a las vacas, a rumiar mis pensamientos...
Genial!!!
Un abrazo.

Mariano Magnifico dijo...

Siempre tan agradable leerte, Alenka querida.

Raúl dijo...

A agradecerte tu visita vengo.
Un saludo, Mariano.

Arruillo dijo...

Un blog muy interesante. Agradezco la visita y cuidaré pasarme por aquí para darte mi opinión sobre tus textos.
Un saludo

Antinoo dijo...

Qué placer encontrar gente tan joven como uno y sin un pelo de tonta. Bien por vos Mariano. Los jovenes del s. XXI podemos hoy alzarnos en contraposición de ese vacuo prejuicio que nos insta a englobarnos a todos en una ola de insignificancia y banalidad. Te sigo. Au revoir!

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